martes, 4 de agosto de 2009

DEFILE DE CARNAVAL EN LA HABANA 1925

Desfile de carnaval por La Habana. 1925 from Memoria de Cuba on Vimeo.



Se escucha a lo lejos el cornetín, rompe la conga, ya viene el carnaval!!!
Desde la más remota antigüedad, los carnavales han constituido la fiesta más popular en todo el mundo, obviamente, con toques muy particulares según la región donde se realice.
Los verdaderos orígenes todavía son una incógnita pues aunque vivimos rodeados de estudiosos y “sabiondos”, no hay como comprobar científicamente dónde y cuándo nació este, máxime, cuando no hay zona geográfica que se dispute la autoría.

Desde que los primeros agricultores se reunieron con los rostros enmascarados y los cuerpos totalmente pintados alrededor de una hoguera bien para celebrar la fertilidad y productividad del suelo, bien para alejar a los malos espíritus de la cosecha gracias a la estrecha relación que el individuo tenía con su entorno, con su ambiente, existieron los festejos, un antecedente de lo que hoy se conoce como carnaval.
Según algunos historiadores, los orígenes de estas fiestas se remontan a la antigua Sumeria y Egipto hace más de 5.000 años. Estas celebraciones marcadas antes de Cristo, estaban ligadas más a fenómenos espirituales, astronómicos y a ciclos naturales que a otra causa, en conclusión, fiestas paganas.

Después según los asentamientos humanos, la tradición se corrió. En Grecia allá por el siglo VI a. C., la fiestita o desorden según el ojo con que se mirara, se resumía a una concentración de danzas típicas, cánticos y rostros enmascarados como símbolo de la inexistencia de clases sociales y una forma de no saber si el de al lado era tu amigo el ricachón o el empleado doméstico. Como era de esperar y para no perder la opulencia que los caracterizaba, en Roma un Imperio lleno de esplendor, sumando un tema con otro se hacía presente el Dios Baco montado en un suntuoso carro alegórico lleno de gente a su alrededor que bailaba desaforada, un navío semejante a una carroza y el que todo el mundo conocía como carrus navales. Se dice que el nombre Carnaval derivó de aquí y esta es una de las muchas versiones de la palabra. Casualmente con estas bacanales coincidían el arribo de la primavera, estación que se relaciona con lo que renace, con la agricultura y la sexualidad.

Enseguida, el carnaval con su fuerza contagiosa fue desperdigándose por todo Europa. A inicios de la Edad Media y ante tal desenfreno, para no perder la costumbre con el perdón de los creyentes, la Iglesia “llegó y mandó a parar”, le dió una vuelta de tuerca al asunto y desde ese entonces Baco se tuvo que bajar del carro y darle paso a nuevas etimologías: “carnelevarium” o “Carnevale”, una palabra del latín compuesta por carne (carne) y vale (adiós), o sea, quitar la carne, prohibir el consumo de esta y dedicarse al espíritu, "la carne es débil", de ahí el refrán. Desde ese momento las celebraciones pasaron a ser una especie de “período de tolerancia o relajo organizado” que la iglesia católica le concedía a sus feligreses antes de iniciar la cuaresma, donde la gente podía comer carne para luego abstenerse durante los próximos 40 días. Otra etimología nos devela, Domenica Prima Carnes Tolendas o como en catalán, Carnestoltes. Tolens significa quitar, de ahí que se formó el tole-tole.
Pero como todo lo malo se pega, las celebraciones cruzaron el océano y con similitud a las de la época del Imperio Romano, las fiestas de carnaval fueron traídas a América por los navegantes españoles y portugueses que nos colonizaron a partir del siglo XV. Ojo, con esto no queremos desmerecer a todas aquellas ceremonias indígenas que hoy después de muchos años son reconocidas como antecedentes del carnaval.

Aunque en la actualidad estas fiestas se han separado completamente de cualquier sentido religioso porque convengamos que su origen siempre estuvo más ligado a las antiguas tradiciones paganas que a los cultos, se continúan celebrando antes de la cuaresma, los 3 ó 4 días antes del miércoles de ceniza, momento que precede a un supuesto recogimiento y ayuno.

Sea cual sea su origen, en la mayoría de los países donde el colorido despliegue se lleva a cabo, las fechas a pesar de los hemisferios al igual que las formas de celebración son más o menos parecidas. Sólo en Alemania para no salirse de lo metódico de sus actitudes se celebran el día 11 a las 11 y 11 minutos. En Brasil, la fiesta se extiende mucho más allá del 6 de Enero porque a este país que es todo un hito del tema, no le basta con unos pocos días. Otros lugares que cobran importancia por esas fechas y a causa de estas fiestas como fieles representantes de su identidad y cultura son Santa Cruz de Tenerife, Venecia, Cádiz, Mérida en la península de Yucatán y Nueva Orleáns con su "Mardi Gras", del francés "Martes Gordo" o comilona que se hace antes de empezar la cuaresma. Para entender bien por qué este nombre recomiendo el documental Super Size Me,
En fin, que muchas calles en varios puntos del planeta se llenan de desfiles de carrozas, comparsas, gente con máscaras, bailarines disfrazados, música, alcohol y comida. La pobreza y la riqueza, los escrúpulos y las diferencias sociales se dejan a un lado, conviven aunque usted no lo crea, una vez al año.

Ahora bien, el carnaval llegó a todo el mundo para amoldarse dependiendo de las costumbres propias de cada país. Hay excepciones y valgan las diferencias.
¿Qué pasa en Cuba, cómo son sus carnavales, se mantienen intactos o sufrieron una transformación?

El origen de los carnavales por estos lares es bastante discutido.

Siguiendo con la historia, se dice que en Cuba tuvieron su origen mucho antes de 1585 durante las celebraciones del Corpus Christi y la Epifanía. En esos días los negros esclavos eran autorizados por sus amos españoles a organizar danzas y marchas colectivas por toda la ciudad. Era el momento para disfrutar de algunos días de descanso al año y esto coincidía con el Día de Reyes. Para tal ocasión y aprovechando el descanso, los cabildos de las distintas etnias africanas recorrían las calles de La Habana colonial al compás de los cantos y danzas propias de sus tierras nativas desembocando en la sede del gobierno. Algunos plantean que el objetivo de estas procesiones negreras eran las de imitar cual burla, a las tropas españolas que tenían por costumbre el 6 de enero, felicitar al Capitán General y solicitar el aguinaldo. Con el tiempo y como siempre sucede, lo que comenzó como una burla se convirtió en toda una ceremonia y año tras año dichas procesiones se perfeccionaron, buscando mejorar sus salidas, perfeccionar los trajes, generándose una competencia e interdependencia entre las diversas etnias africanas que cohabitaban en la ciudad.

Es válido reconocer la iniciativa pues convengamos que las fiestas por esa época no tenían la luminosidad de estos tiempos y eran más humildes que las que se efectuaban en el Viejo continente, todo a causa de la pobre y lenta situación económica que vivían las colonias, sobre todo la de las Islas y zonas del Caribe y América por la lejanía, por ende, cada festividad marcada en el calendario católico se hacía con lo que se podía y justamente fueron los negros y criollos los que le dieron el visto bueno y la espontaneidad popular. Por tanto, para la celebración se utilizaban los mismos elementos depravados; comparsas, carrozas y muñecones, los que aún hoy perduran.

Más adelante, con el correr de los años y la mejor posición económica de la corona en la zona, los bailes callejeros tomaron otra impronta. La referencia más antigua de un baile de carnaval se tiene por el año 1833, y estos fueron efectuados en distintos salones y teatros de la ciudad con lujosas máscaras y disfraces. También la celebración incluía para las damas, paseos en coches y quitrines llenos de flores por las principales avenidas mientras que los hombres, casi siempre disfrazados, iban a caballo o a pie. A su paso la gente les lanzaban flores, las que más tarde se sustituyeron por serpentinas y confetis. Apareció entonces un jurado que otorgaba premios desde una glorieta. La primera noticia de un carnaval estructurado y organizado más o menos como lo conocemos hoy, data de 1902, cuando por medio de un mandato del alcalde se regularon varios puntos de la fiesta, uno, el itinerario y dos, no lo sé. Pero ya estamos hablando de un período muy distinto, donde como cualquier mercadería, la Isla fue vendida a los americanos y pasamos de ser colonia a neocolonia. Obviamente, subió nuestra alcurnia.

La división de clases para ese entonces se agudizó y los carnavales pasaron a conformarse en dependencia del status social y el lugar donde se efectuaba. Los barrios internos y periféricos de La Habana albergaban a las comparsas de la gente más pobre, en general, negros que bailaban y cantaban acompañados de sus tambores por los diferentes barrios. La otra parte se desarrollaba en el Paseo del Prado, una avenida que reunía a la gente de más estirpe, en general blancos y mestizos con aspiraciones de blancos.

Después de la compra-venta descarada que ocurrió por allá, hacia finales del Siglo XIX y principios del XX, las fiestas y salidas de comparsas durante el carnaval dejaron de ser inocentes y más bien fueron aprovechadas por los intereses políticos y económicos del momento que se vivía. Éramos muy nuevitos en el tema y había que explotarnos a toda costa.

Las cosas se autorizaban o prohibían según la conveniencia del gobernante de turno y los políticos enseguida vieron la posibilidad de obtener votos para las elecciones. Los militares toleraban actos delictivos según el monto del soborno. Las grandes firmas e industrias vieron la posibilidad de aumentar el consumo y se valían de todos los medios para colocar sus anuncios y generar ventas. Así las comparsas o carrozas que antes eran confeccionadas con todo el amor y la dedicación de quienes la portarían, pasaban a tener “padrino o madrina” a cambio de poner anuncios en los lugares más visibles al público. Ni hablar de las farolas, los estandartes, los sombreros, los disfraces y hasta los instrumentos musicales. Todo era empleado con fines publicitarios. La sociedad de consumo a causa de la penetración capitalista degeneró nuestras costumbres. Con el afán de atraer a los turistas americanos se sacrificaron muchos de los rasgos tradicionales de la fiesta. Las clases populares pasaron a tener una mínima casi nula participación, se construyeron palcos para que el espectáculo fuera disfrutado por las clases pudientes, las que podían pagar por tales lujos. En fin, el acabose.
Los países más o menos cercanos a Cuba también sufrieron transformaciones luego de esta penetración. México por ejemplo, contaba con celebraciones indígenas que aún con sus particularidades podían reconocerse como fiestas de carnaval, así también República dominicana. Pero desde que grupos cubanos emigraron a estos países las formas y manifestaciones del carnaval cambiaron, de ahí que el carnaval de Veracruz tenga el colorido propio de la Isla. Mérida, tampoco se quedó atrás. Como asentamiento de la colonia, ya se venían celebrando los carnavales desde casi la misma fecha que los de Cuba, allá por el Siglo XVIII.

A diferencia de los cubanos que tenían gran influencia africana y la música era el principal elemento seguido por las comparsas y la imitación a los amos, en Yucatán, se deleitaban con excesivas travesuras, pues estos gustaban de lanzarse cualquier cosa que se les pasara por delante, desde huevos llenos de agua y achiote, hasta lodo, tierra, arroz, frijoles, huevos podridos e incluso piedras.

Lógicamente, el festín terminaba con serios accidentes. Afortunadamente para los del terruño porque como venía la mano ibán a quedarse sin gente producto de “sus formas tan raras de divertirse”, durante la década del 20-30 en los carnavales se notó gran influencia de la isla de Cuba. Las calles se engalanaron con comparsas que representaban a los esclavos que trabajaban en los cañaverales y a los gallegos. Una forma de representar la vida dentro de los ingenios azucareros.

Y para no variar, las canciones interpretadas hacían alusión a alguna persona o comercio que había ayudado en los gastos o disfraces de dicho grupo. Igualitico que en Cuba.

Luego del triunfo de la revolución los carnavales dieron un giro.

Parafraseando a Cristina, “los cambios políticos, son sobre todo, cambios culturales” y en eso no le discuto. Se obviaron las diferencias sociales y como a partir de entonces la concentración de gente fue mayor y las exigencias de espacio también, los desfiles pasaron a realizarse por todo el malecón, la avenida más grande de La Habana, una vereda que guarda miles de historias, unas tristes y otras alegres. El primer beso de unos fieles enamorados, las flores para el gran amigo del Che, el Comandante Camilo, los que se fueron para no volver y los carnavales. En el litoral es donde guarachea todo el mundo, es decir, por donde todo el mundo “arrolla”, la expresión que más se utiliza.

Según el DRAE arrollar tiene varios significados; envolver algo en forma de rollo, desbaratar, dominar o derrotar, llevar rodando o arrastrando, atropellar, no hacer caso de leyes ni de otros miramientos, realizar contorsiones al bailar. Para los cubanos, sólo tiene uno; bailar detrás de las carrozas y las comparsas al ritmo de la conga mientras estas desfilan por la avenida y arrollar implica pasarle por encima hasta a la madre de los tomates. Una canción resume todo, “quitate del medio mira que te tumbo”.

Aunque para arrollar cualquier música, comparsa o carroza valen, aquí la cosa funciona tal cual un equipo y cada uno tiene su preferida. Existen comparsas que cuentan con más de 60 años en su trayectoria, ejemplo la “del alacrán”, “los componedores de batea”, la de los “los marqueses de atares”, en la que todos son integrantes son negros y negras a modo de sátira se disfrazan de marqueses y marquesas, “la Jardinera”, “la Giraldilla de La Habana” y “los famosos Guaracheros de Regla”. Después de 1959, otras comparsas más jóvenes se sumaron, como la de la “Federación estudiantil universitaria o FEU” y otras correspondientes a los sindicaros según el sector. Ahí vemos a la carroza del Ministerio del Comercio Interior, a la de la Industria Ligera o a la del Ministerio de Salud. Porque el sindicalismo no se priva de la gozadera, no, que va. Y hablando de bachata, se imaginan a la mulatona Condolesa Rice llena de plumas y colorinches encima de una carroza?



Puesto callejero de pan con lechón

Durante veinte años fui partícipe de los carnavales, una fiesta esperada año tras año por todos los cubanos y hoy desde lejos si tuviera que calificarlos, diría que nuestros carnavales son únicos e irrepetibles, pues para empezar, somos el único país del planeta que esperamos cinco meses para que dicho despliegue multicolor se pueda disfrutar en julio. Cada año los espectadores se convierten durante el desarrollo de las fiestas en participantes activos y es que los contagiosos estribillos constituyen un llamado a la danza, al desenfreno, al quitarse al ropa... mejor dicho, al pegoteo y el toca toca sin importar la procedencia de las personas, el color de la piel o la clase social. Y quien me discuta lo contrario, que me llame para el debate.

Aunque los carnavales más reconocidos del país se concentraron desde antaño en tres ciudades importantes: La Habana, Camagüey y Santiago de Cuba, con el tiempo y un chorrito, se resumieron en las dos ciudades delimitadas por el orden político como cabeceras luego del año 1959: Ciudad de La Habana y Santiago de Cuba, los extremos de la Isla y donde se asentó la mayor cantidad de población con orígenes africanos. No obstante, no se pueden dejar a un lado las fiestas barriales, una especie de mini carnaval. Así por ejemplo, nos encontramos con “la fiesta del mar” que se lleva a cabo en toda la zona costera y donde como es de suponer, los platos con pescado y mariscos son la estrella de la fiesta. En los pueblos y zonas rurales se conjugan elementos de las fiestas campesinas con los propios de la fiesta, se destacan las peleas de gallo, los juegos de dominó y las argollas cual Kermés. ¿Quién no recuerda al personaje de Elpidio Valdés en desafiante actitud frente a los españoles de la colonia?

No hay comentarios:

Publicar un comentario